No fue un hombre perfecto, como ninguno de nosotros lo es, pero fue nuestro padre. Hoy elegimos recordar lo mejor de él: un hombre que disfrutaba las cosas sencillas de la vida: la tranquilidad de su terreno, la sombra de los árboles, el canto de las aves, las estrellas, las buenas conversaciones y una Coca Cola, Le gustaba leer, estudiar la biblia, cantar coros y canciones de Cri-Cri, coleccionar objetos viejos que para él guardaban historias y recuerdos. Nos dejó enseñanzas que con el tiempo aprendimos a valorar y un lugar muy especial que fue su refugio y su santuario. Hoy elegimos recordarlo con gratitud, cariño y respeto, agradeciendo la huella que dejó en nuestras vidas.
Vicente García Romero
20 de Agosto de 1944 – 31 de Enero de 2025
Biografía
En memoria de un hombre que supo disfrutar la vida con serenidad «He comprendido que no hay para el hombre cosa mejor que alegrarse y hacer el bien mientras viva; y también que es don de Yahweh que todo hombre coma y beba, y disfrute del bien de toda su labor.» — Eclesiastés 3:12-13 «Hay personas que dejan su huella por las grandes cosas que hicieron, y otras por la forma tranquila en que aprendieron a disfrutar la vida. Vicente García Romero fue una de ellas.»
Vicente García Romero nació el 20 de agosto de 1944 en la Ciudad de México. Fue hijo de Salvador García y Gloria Romero, y creció en la colonia Roma como uno de diez hermanos. A principios de la década de 1970 conoció a su esposa, Lucía Perea Flores, en un mercado de la Ciudad de México. Juntos formaron una familia y tuvieron tres hijos: Claudia García Perea, Adán García Perea y Verónica García Perea.
Desde niño destacó por su simpatía, su curiosidad y sus llamativos ojos claros. Creció rodeado de una familia numerosa con la que siempre mantuvo un fuerte vínculo. Para Vicente, la familia siempre fue un lugar al que se podía regresar. Aunque cursó estudios hasta la secundaria, nunca dejó de aprender. Fue un hombre de mente inquieta y profundamente intelectual. Disfrutaba estudiar la Biblia, leer, mantenerse informado y sostener largas conversaciones sobre política, religión y los acontecimientos del mundo.
A finales de la década de 1970 tomó una de las decisiones más importantes de su vida: dejar la Ciudad de México para emprender una nueva aventura en el naciente Cancún. Cuando llegó, gran parte del territorio seguía siendo selva. Como uno de los pioneros que creyeron en el futuro de ese lugar, ayudó a formar parte de la historia de una ciudad que con el tiempo se convertiría en uno de los destinos turísticos más importantes del mundo. Fue uno de los primeros comerciantes dedicados a la venta de productos de playa, ofreciendo bloqueadores solares, ropa de playa y artículos para los visitantes quecomenzaban a descubrir el Caribe mexicano.
Cancún se convirtió en su hogar definitivo. Allí crecieron sus hijas Claudia y Verónica, y nació su hijo Adán, quien pertenece a las primeras generaciones de cancunenses. Durante muchos años trabajó como taxista y posteriormente tuvo un negocio de ropa de playa en Cancún e Isla Mujeres.
Más que el trabajo en sí, disfrutaba la libertad que este le brindaba para viajar, nadar, pescar y vivir sin prisas. Como padre fue un hombre firme en sus principios y en la manera de inculcar esos valores a sus hijos. Con el paso de los años, muchas de sus enseñanzas adquirieron un significado más profundo y hoy forman parte del legado que dejó a su familia. Vivía con serenidad. Disfrutaba una buena comida, las conversaciones interesantes, el conocimiento y la naturaleza. Nunca permitió que la opinión de los demás dirigiera su manera de vivir y siempre procuró vestir limpio y arreglado.
Entre los consejos que más repetía estaban honrar a Adonay, mantenerse alejado de los vicios, pensar cuidadosamente antes de tomar decisiones importantes, no confiar ciegamente en todo el mundo y aprender a vivir con calma. Su mayor pasión fue un terreno que con los años se convirtió en su refugio. Allí disfrutaba contemplando la naturaleza, descansando en su hamaca, observando las estrellas, escuchando el canto de las aves y rodeado de los objetos que coleccionó durante muchos años, los cuales para él representaban recuerdos e historias llenas de significado.
También disfrutaba de una buena comida, una rebanada de pastel, una Coca‑Cola bien fría, las canciones de Cri‑Cri, los himnos cristianos, un buen libro y largas conversaciones. Sus últimos años estuvieron marcados por la enfermedad y por largos períodos de soledad, hasta que finalmente falleció en la ciudad de Cancún el 31 de enero de 2025. Esa etapa deja una enseñanza: la familia es uno de los tesoros más valiosos que tenemos y debemos cuidarla mientras aún estamos juntos. Su legado permanece en las enseñanzas que dejó: vivir con serenidad, mantener una actitud tranquila, cultivar el conocimiento, disfrutar de la naturaleza, cuidar la presentación personal y valorar las cosas sencillas de la vida.
Su capacidad para disfrutar la vida con libertad y calma, aprender a vivir un día a la vez y encontrar alegría en las cosas sencillas fue una de las mejores lecciones que nos dejó.Ninguna vida es perfecta, pero toda vida deja algo valioso. Nosotros elegimos conservar lo mejor de la suya.
Hoy, Lucía Perea Flores, madre de sus hijos, junto con Claudia, Adán y Verónica, y toda su familia, elegimos recordarlo con gratitud y cariño. Conservaremos en nuestros corazones sus enseñanzas, los momentos compartidos y la manera tan particular en que supo disfrutar la vida.
Que Yahweh tenga misericordia de él, le conceda descanso y paz. Que su memoria permanezca viva en nuestra familia por muchas generaciones y que las lecciones que nos dejó sigan inspirándonos a vivir con serenidad, gratitud y amor por las cosas sencillas. Amén.



